L’estètica de l’aigua
Fotografía de Adèle Charbonnier
Condensació d’algunes idees inicials
La estética del agua
Condensación de algunas ideas iniciales
A pesar de que la propuesta era hablar y reflexionar sobre la disputa estética que libramos desde Concomitentes, nosotras acabamos hablando de otra cosa. De sillas arregladas con alambre. De márgenes de piedra seca. De la magia del desbroce. De las obras de maestras artesanas y albañiles en nuestro pueblo.
La discusión propuesta en el marco del primer convivio de 2026 fue muy enriquecedora para las mediadoras. Intercambiamos textos, intuiciones y posibles líneas de trabajo. El que no era tan evidente es que esta propuesta, inofensiva, me llevara, por primera vez, al menos de manera explícita, a hacer una pregunta aparentemente sencilla a las comitentes de “Más claro que el agua”: cuál es la estética que os rodea?
Para podernos preguntar qué queremos disputar, necesitábamos primero mirar bien donde estamos. Y hacerlo en clave estética ha sido, sorprendentemente, placentero. Incluso divertido. Pero sobre todo ha abierto una rendija, otra manera de mirar el territorio, de leerlo, de dejar que nos hable, que intuyo, ha llegado para quedarse.
En Sapeira, el pueblo del Prepirineo donde se despliega esta concomitancia, hay una cosa que aparece enseguida. No como una idea, sino como una evidencia: la relación con el entorno. Aquí, todo a tu alrededor, intenta decirte que la separación entre natura y cultura es una falacia. El muro no acaba nunca de ser solo muro. La higuera se mete, el margen cede, la piedra se desplaza y es recolocada, y entre una cosa y la otra pasa la vida humana y no humana. La gente de aquí ha desarrollado un tipo de mirada afinada para moverse dentro de esta continuidad. Distinguir sin separar del todo. Saber donde acaba una cosa y empieza otra, pero sin necesidad de fijarlo.
El paisaje no es un fondo. Los huertos, los caminos, las fuentes, forman parte del día a día. Y las construcciones no se imponen: se adaptan en forma y materiales. Hay una “estética” de la integración, de la convivencia entre especies, que no elimina el conflicto, si no que lo hace habitable. Y que te recuerda, casi diariamente, que la interdependencia, incluso entre especies, no es un discurso, sino una condición material. Y si levantamos la vista y miramos algo más allá, lo vemos nuevamente mientras atravesamos el valle dibujado con un paisaje mosaico rara avis.
Esta relación con el medio no es abstracta. Se concreta en la piedra seca, en los empedrados, en soluciones que no responden a manuales sino a usos concretos. Son formas que hablan del pasado y del futuro, a la vez, respondiendo a una lógica de adaptación de siglos, y al mismo tiempo, dejando entrever la desaparición de saberes vinculados al mantenimiento y a los oficios de montaña. Lo que hoy a menudo se percibe como una estética deseable, sobre todo por quien viene de fuera a pasar el día o el fin de semana, es el rastro de un conocimiento en riesgo de desaparición.
Y, aun así, nada de esto es puro. La piedra convive con el mortero, el hormigón y los ladrillos. Las soluciones antiguas con aprendizajes que algunos vecinos adquirieron en pueblos o ciudades más grandes, cuando tuvieron que marchar. Y en este mezclarse constante, lo que aparece no es una estética “tradicional”, sino otra cosa: la del trabajo comunal. Aquí, muchas infraestructuras no tienen autor. O tienen demasiados. No responden a una firma, sino a manos que se han ido sumando.
Esta carencia de autoría desplaza la idea de obra y sitúa el valor en el uso, en la funcionalidad y en la vida compartida o en la ya mencionada interdependencia. Por eso hablamos y reivindicamos el “lujo comunal”, donde la estética no se construye desde la excepcionalidad, sino desde la continuidad del hacer conjuntas. Trabajos fáciles, repetidos, sostenidos y transformadores, hechos por muchas manos durante mucho de tiempo. Y que, casi sin darte cuenta, acaban modelando todo un valle. Hay una paradoja, aquí. El común, o el cumó, como llaman aquí al trabajo comunal, borra la autoría. Pero a la vez te devuelve como individuo dentro del colectivo, una cosa poco habitual: el aprendizaje de que puedes intervenir en tu entorno. Un proceso de empoderamiento, como agente, o autor, de cambio.
También hay otra capa, más discreta, quizás. La de la reparación. El pueblo está lleno de pequeñas intervenciones, ajustes, parches, y soluciones provisionales que acaban siendo definitivas. El mantenimiento acontece central, y con él una manera de producir realidad de forma sostenida, sin espectacularidad y profundamente política.
Entre este hacer comunal y esta lógica del arreglo, de vez en cuando sí que aparece la autoría. Pero cuando lo hace, no tiene mucho a ver con la figura del artista, si no más bien a la de la artesana. Con gestos que, sin dejar de ser útiles, se permiten un poco de juego. Y entonces pensamos en aquel albañil que, al acabar el lavadero, decidió dejar sus iniciales y el año, dibujados con piedras de río sobre el cemento, y probablemente porque le había quedado de fábula, decidió, además, coronar la fuente con una roca que podría ser un huevo de Pascua. Y nos reimos. Quizás porque en estos gestos hay algo que hace de puente: entre el uso y el capricho, entre lo cotidiano y la posteridad, entre la espectacularidad y aquello común, sinónimo de balsa en catalán, por otro lado.
Y aquí estamos, de momento. Con la sensación de haber abierto una puerta. De haber empezado a leer el lugar de otro modo. Desde aquí, la pregunta vuelve: cuál es el lugar de nuestra concomitancia? Si toda estética es una toma de posición, cuál es la nuestra? Pues pareciera que “Más claro que la agua”, trabaja y propone una estética de lo relacional, poco espectacular quizás pero profundamente situada. Una estética continuista, en definitiva, que no pone el foco en el objeto final, sino en los vínculos que lo hacen posible, en este caso aquellos que han hecho posible una manera de ver y vivir el agua.
