Las puertas y las ventanas son las partes más débiles de un hogar
Concomitentes en el tercer encuentroLas comitentes trabajan sobre el concepto de dejar atrás, de afrontar lo que viene en el futuro con alegría y de aceptar lo más que humano como parte del territorio.
Clara, una de las comitentes, nos ha dicho que las puertas y las ventanas son las partes más débiles de una propiedad. Y lo ha dicho tras hacer un ejercicio en el que traspasábamos, individualmente, una puerta de la biblioteca dejando dentro una carta que habíamos escrito contándonos, a nosotras mismas, qué es lo que queremos dejar atrás al involucrarnos en este proyecto. Este acto, además de ser un acto performativo que ha puesto nuestros cuerpos en movimiento, era necesario pensando en ciertas dinámicas que el grupo estaba empezando a verbalizar sobre el proyecto y sobre su posición en el pueblo.
Este ejercicio nos despierta ideas como: “me gusta mi puerta porque construye una habitación propia”, “la puerta es el límite entre lo familiar y lo social” o “la diana (grupos de música popular que recorren las calles el día de la fiesta del pueblo para animar y recaudar dinero para la fiesta y en el que los vecinos abren sus puertas para recibirles) como espacio en el que la puerta se difumina”. Las puertas y sus umbrales continúan estando muy presentes en nuestro imaginario para el proyecto.

En esta sesión nos habíamos planteado, además, integrar en el proyecto lo más que humano. Y, para intentar darle voz, escribimos un relatos en las que algunas de nosotras hablamos como aguas negras por el carbón, como desechos vegetales en descomposición, como hojas y ramas de un roble o como mandiles de nuestras madres y abuelas.
Además, hoy tenemos una salida muy especial. Jose Luís, el presidente de ARPI (Asociación por la Recuperación del Patrimonio Industrial) nos ha invitado a visitar una mina abandonada, el Pozo San Rafael en Vallejo de Orbó, un pueblo a 4 kilómetros.
La experiencia es fantástica. Cruzamos su puerta y recorremos parte de una galería, escuchando como los sonidos del agua discurren desde la parte más alta de la mina y viendo la gama de colores de sus paredes gracias a las linternas que nos hemos traído, se convierte en una experiencia comunitaria que nos permite conectarnos entre nosotras, pero también con los trabajos del pasado.




