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Reflexion 05.05.2021

Mediación, cuidados y otros lugares comunes

Por Lorena Ruíz



Hay palabras que abren mundos. En los últimos años los cuidados han desplegado múltiples realidades que nos rodean y nos constituyen: la interdependencia, la vulnerabilidad, la fragilidad, el sostenimiento colectivo o las redes de apoyo mutuo

Hay mundos que abren palabras. Los cuidados traen consigo el vocabulario de lo cálido, lo humano, lo bueno, lo maternal, lo deseable. Sin embargo, desde diversos posicionamientos, particularmente feministas, se han cuestionado estas visiones idealizadas y se ha señalado en su lugar la complejidad de los cuidados. Así, se ha hablado de desigualdades, conflictos y dinámicas de poder, ubicando en el centro del debate y de las reivindicaciones la dimensión de género. 

Palabras y mundos. Imaginarios y prácticas. Lo semiótico y lo material entrelazándose en la experiencia cotidiana de los cuidados. 

Las palabras y los mundos nos remiten a su vez a otras palabras y mundos, se encadenan de manera inevitable. Algo parecido sucede recientemente en el ámbito de la cultura con el vínculo entre cuidados y mediación. Estas dos palabras -y sus respectivos mundos- cada vez se miran más entre sí, se acercan. La mediación cultural entendida como forma de cuidado implica una práctica situada en la que la apertura, la observación y la escucha son centrales. A su vez, también la mediación comparte con los cuidados su complejidad, contradicciones y conflictos, su carácter pegajoso y resbaladizo. Son procesos siempre inciertos, dispositivos inacabados cuyo sentido y uso requieren la implicación del otro. 

La mediación no solo conecta personas, ideas, mundos y vidas (nuevamente, de manera simbólica y material), sino que su propósito fundamental es sostener esas conexiones, articularlas de manera duradera mientras sean significativas para quienes las habitan. La mediación dispara conversaciones, vuelve la mirada sobre lo que nos afecta y nos inquieta. Es un radar que trata de detectar las particularidades, los deseos, las necesidades y las fortalezas de las comunidades. 
Lorena Ruiz

El filósofo y mediador Juan Gutiérrez dice que la mediación es el arte de cómo hacer un lugar común. Para que un lugar sea común es necesario por tanto un trabajo -alguien tiene que hacerse cargo de ello-. Ese trabajo es, además, un arte: algo que se cuece a fuego lento, con mimo, con su propio lenguaje, difícil de atrapar. Es algo artesanal. 

Los proyectos desarrollados en Concomitentes se basan en este ensamblaje entre mediación y cuidados: mediadores y comitentes dan forma al encargo que posteriormente desarrollarán los artistas. Cuando nos alejamos de la mediación entendida como “estar entre” (entre dos colectivos, entre dos personas, entre dos planteamientos) y nos aproximamos a una mediación entendida como el arte de la conexión, entonces aparece ante nosotras un lugar que podría ser común. 

Las concomitancias tienen, desde luego, esta vocación decidida de ser lugares comunes. Sin embargo, si la escucha es un elemento fundamental en esta práctica de la mediación situada, ¿estamos escuchando a quienes acompañamos? ¿Preguntamos a quienes cuidamos cómo quieren ser cuidados? ¿Existen espacios -y tiempos- en los que podamos hablar sobre ello? Si no existen, ¿cómo podríamos crearlos? La interlocución entre mediadores y comitentes es un elemento central a este respecto, pero quizá podríamos pensar en ampliar los repertorios posibles de diálogo y de escucha: descentrar lo discursivo, lo intelectual, incluso lo racional, así como explorar formas de creación conjunta -artística, cultural, material- que nos permitan escucharnos y pensar colectivamente, pero a través del hacer. 

La lógica hacker nos ofrece anclajes para estas prácticas de mediación. En primer lugar, trabajar de manera distribuida, abriendo los procesos, de tal manera que los mediadores sean un nodo más de la red, descentralizando las conexiones. En segundo lugar, trastear y cacharrear, recuperando el ensayo y error -cualquiera que tenga hijos o que trabaje con la infancia sabe que el apaño y la experimentación son parte fundamental de los cuidados-. Este planteamiento necesita además, inevitablemente, de una forma de mediación enraizada en el acompañamiento: caminar al lado de otros, reconociendo y acogiendo sus tiempos, esperando, a veces dejando de hacer para que las cosas sucedan -o para que sucedan en sus propios términos-, alejándonos en lo posible del fetichismo de la intervención y de las metodologías. Un acompañamiento que implica abrir únicamente aquello que podamos acoger. Esta es otra forma de cuidado. 

Preguntar a quienes cuidamos cómo quieren ser cuidados es importante. Preguntar a los comitentes cómo quieren que sea el encargo que se hará a los artistas es importante. Pero necesitamos plantearnos un paso más: ¿qué vamos a hacer con aquello que nos respondan? ¿Dónde lo vamos a poner? ¿Con qué lo vamos a conectar? ¿Podemos acoger todo lo que escuchamos? ¿Qué hacemos con las aristas de la representación -el hablar en nombre de-? El cuidado no es entonces solo escuchar, es también, y sobre todo, lo que hacemos -y lo que no hacemos- con lo que escuchamos. Es hacernos cargo de lo que escuchamos: sostenerlo. También es no poder cuidar, salvaguardar los vínculos asumiendo nuestros límites y los propios del contexto. 

La mediación es una exploración conjunta de lo que sabemos, lo que queremos y lo que podemos. Para ello es necesario una lógica del cuidado basada en la escucha y en la honestidad: hablar de la incomodidad, reconocer lo que se ha podido hacer y lo que no. Y por qué. Así podremos imaginar otros lugares comunes, otras herramientas para construirlos, otras alianzas para sostenerlos.